| Mayra Alpízar |
La exposición «Mayra Alpízar. Textile, Intimate Matter» propone una revisión antológica de la obra de la artista cubana nacida en Matanzas en 1956, basada en un conjunto de piezas realizadas entre 1990 y 2024. Esta aproximación permite trazar un recorrido sostenido de su trabajo a través de algunas de sus series más significativas —Eva sobre el tapiz, Hilando fino, Si Aristóteles hubiera guisado y Paños grises—, en las que se despliegan los principales ejes de su creación. A este conjunto se suman dos piezas tridimensionales y la obra Avío de pesca, de carácter procesual.
Para Alpízar, coser ha sido una forma de sentir y pensar el vivir. Desde que el textil se perfiló como su modo de expresión, su trabajo se ha desarrollado como una suerte de registro visual en el que lo afectivo y lo social se entrelazan. En este sentido, el uso del textil no constituyó para ella solo una elección técnica, sino una posición estética y conceptual. La costura, asociada tradicionalmente al ámbito doméstico y a lo femenino, es retomada por la artista como un campo de significación que le permite relatar y reelaborar sus vivencias como mujer, madre, amiga, cubana y migrante. Su obra se orienta así hacia una dimensión en la que la mirada crítica acoge formas poéticas de elaborar la experiencia.
En este contexto, el cuerpo femenino emerge como elemento protagónico. En las obras de la serie Eva sobre el tapiz —Tres meses de gracia, Altar o Los amantes, entre otras—, la figura de Eva funciona como una representación arquetípica de lo femenino. En un juego semántico con la expresión «poner las cartas sobre la mesa», entendida como gesto de revelación, Alpízar expone emociones, vínculos y estados interiores a través de composiciones que abordan lo universal desde lo autobiográfico. Aquí, la mujer no es idealizada, sino presentada como una figura atravesada por tensiones y contradicciones: el deseo, la vulnerabilidad, la violencia, la resiliencia. Las obras de esta serie evidencian la complejidad del ser femenino más allá de los estereotipos, situando el cuerpo en una zona de fricción donde el amor y el desamor, lo erótico y lo sagrado, lo íntimo y lo social, se entrecruzan de manera persistente.
En la serie Hilando fino, la artista se desplaza hacia un ámbito más abierto y crítico, al abordar las tensiones del entorno social de su país natal. El título remite tanto a la necesidad de proceder con sutileza en contextos restrictivos, como a la precisión inherente al trabajo textil. En obras como Interior con naufragio, La demasiada luz y La Virgen del árbol seco, Alpízar se vale de la apropiación de temas y referencias de la historia del arte —tanto universal como local— para articular una reflexión sobre el fracaso del modelo político en Cuba y su correlato en el resquebrajamiento del tejido social y familiar.
La obra de Alpízar se expande hacia una reflexión crítica sobre los modos en que es percibido el trabajo del hogar en la serie Si Aristóteles hubiera guisado, inspirada en la célebre frase de Sor Juana Inés de la Cruz. Aquí, la artista abandona el formato tradicional del tapiz para experimentar con la configuración de delantales, un objeto textil asociado a la preparación de alimentos en el ámbito doméstico. El delantal se convierte en un soporte simbólico desde el cual explorar emociones, relatos y vivencias vinculadas a la vida cotidiana de las mujeres. Remiendos, cortes, broches y bolsillos configuran un lenguaje en el que el quehacer doméstico se afirma como un espacio legítimo de producción de sentido.
La experiencia cubana, particularmente las fracturas provocadas por la crisis de los años noventa, se hace especialmente visible en la serie Paños grises, donde la artista construye imágenes marcadas por la inestabilidad. A través de escenas organizadas como secuencias narrativas, Alpízar dispone estructuras precarias, espacios indeterminados y cuerpos que parecen sostenerse en un equilibrio frágil. El taburete, en constante riesgo de caer, y las figuras femeninas en estados de tensión o vulnerabilidad, funcionan como alegorías de la crisis y de la fragilidad de la vida que esta arrastra. En este mismo horizonte, la pieza tridimensional Yurisleydis puede inscribirse como una figura que condensa esa misma experiencia de precariedad.
En este recorrido, cada puntada y cada fragmento de tela dan cuenta de un proceso creativo que, como la memoria, se construye desde la discontinuidad, a partir de restos, huellas y vínculos entrañables. La costura se afirma: coser es unir, pero también es remendar, insistir en la posibilidad de articular sentido allí donde la experiencia aparece fragmentada.
Obras presentadas
Tres meses de gracia, 1990. Patchwork, bordado y rotulador. 300 × 500 cm.
Este políptico fue concebido como el diario visual de una relación afectiva que duró trece semanas. Cada una de las hileras articula una secuencia de días y noches que evocan la intensidad de esa experiencia. Los fragmentos bordados con imágenes de inspiración pop se transforman en signos que narran los pequeños sucesos y estados de ánimo que marcaron cada uno de aquellos días. En algunos segmentos, las imágenes pasan a ser versos de Rabindranath Tagore; en otros, el plano vacío opera como un signo en sí mismo.
Altar, 1995. Patchwork y bordado. 159 x 110 cm
En Altar, el erotismo y lo sagrado se entrelazan. La composición dialoga con la obra El origen del mundo (1866) de Gustave Courbet, en la que el sexo femenino adquiere un papel protagónico. Aquí, esa imagen se integra a un tabernáculo ceremonial, reafirmando la dimensión sagrada del origen de la vida a través de la fecundación y el nacimiento. Las velas bordadas —a la vez votivas y sugestivamente fálicas— refuerzan la tensión entre lo espiritual y lo corporal.
Composición en triángulo, 1996. Patchwork y bordado. 185 x 90 cm
Aquí se aborda la complejidad de un triángulo amoroso. En un paisaje metafísico tomado de De Chirico, tres figuras conforman una composición marcada por la dualidad. Mientras una de las figuras masculinas resalta por su luminosidad, la otra aparece como una presencia oscura que se confunde con el paisaje. La artista alude así a la coexistencia de distintas cualidades del deseo y el afecto. Estas emociones contradictorias desafían los ideales de pureza o simplicidad tradicionalmente asociados al amor femenino.
Los amantes, 2000. Patchwork y bordado. 201 x 90 cm.
Alpízar establece en este tapiz un paralelismo entre la historia de Akenatón y Nefertiti, la célebre pareja del antiguo Egipto, y una relación contemporánea marcada por la incomprensión y la adversidad. La escena, enmarcada por columnas y el Ankh —símbolo de la vida y de la unión de lo masculino y lo femenino—, presenta a los amantes con los torsos desnudos, exponiendo toda su vulnerabilidad. La obra sugiere así la persistencia del amor y sus divergencias como sentimiento universal y atemporal.
Aplausos, 2010. Bordado a mano. 164 x 81 cm.
Esta obra, delicadamente ejecutada con un bordado dibujístico de hilo negro, representa a una mujer desnuda frente al público, sobre un escenario. La figura esconde tras su cuerpo un cerebro en un gesto que evoca —y a la vez subvierte— el tradicional ramo de flores ofrecido a las actrices. El desnudo acentúa la idea de fragilidad mientras sugiere, con un tono sutilmente humorístico, el subterfugio que la blinda contra los prejuicios sociales asociados a la inteligencia femenina.
Mandorla, 2018. Patchwork, bordado y aplicaciones. 143 x 100 cm.
En esta obra se reinterpreta
la mandorla —aureola que, en la tradición medieval, rodea a figuras sagradas—
desde una sensibilidad contemporánea. En lugar de Cristo, Alpízar sitúa el
cuerpo de una mujer en una actitud expansiva y jubilosa, rodeada de puntos
luminosos y motivos vegetales. Sin abandonar su ambigüedad simbólica, la pieza
propone una imagen de libertad, afirmando el vínculo entre la naturaleza y la
potencia generadora del cuerpo femenino.
Interior con naufragio, 2000. Patchwork y bordado. 191 x 103 cm.
El título de esta pieza alude al cuadro Interior con columnas de Amelia Peláez, mientras que la escena central se apropia de la célebre Ola de Hokusai, desplazando su sentido hacia el naufragio que en ella acontece. La imagen, enmarcada por una reja colonial, sugiere el espacio doméstico e introduce una tensión entre el interior y el exterior, entre la quietud de lo íntimo y lo exterior incontrolable. El tapiz evoca las fracturas, pérdidas y desplazamientos de la Cuba contemporánea, así como los modos en que esa experiencia colectiva impacta a los individuos y a las familias.
La demasiada luz, 2003. Patchwork y bordado. 140 x 89 cm.
Esta pieza es un homenaje a la artista cubana Antonia Eiriz, cuya práctica expresionista y crítica marcó profundamente el arte de su país. La composición, de carácter inquietante, presenta una figura central expuesta y vulnerable, rodeada de imágenes fragmentarias que remiten al intenso universo visual de su obra. El título, tomado de un verso de Eliseo Diego, alude a una luz reveladora, a la mirada lúcida y penetrante de Eiriz sobre su realidad social y existencial.
La Virgen del árbol seco, 2004. Patchwork y bordado. 133 x 88 cm.
La apropiación de la pieza del mismo nombre realizada por Petrus Christus, artista del gótico flamenco, dio origen a esta obra. Alpízar reemplaza a la virgen original por la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, inscribiéndola en un entorno de ramas secas que adquieren intensidad simbólica. La artista señala que «Cuba es un árbol seco que ya no da frutos», sugiriendo así una reflexión sobre la fe, la pérdida y la esperanza en un contexto marcado por el profundo drama social de su país.
Memoria, 2005. Costura y aplicaciones de objetos personales. 70 × 50 cm aprox.
Concebida como un contenedor de recuerdos, este delantal reúne pequeños objetos y rastros afectivos de gran valor emocional para la artista. Cada compartimento es un reservorio íntimo donde la memoria se guarda con cuidado. El tejido traslúcido agrega una cualidad borrosa y frágil que alude al recuerdo. La pieza habla de la memoria como un archivo afectivo especialmente significativo en contextos de desplazamiento y migración.
En celo, 2005. Broches de presión sobre tejido de pana.70 × 50 cm aprox.
Alpízar construye una imagen de fuerte carga simbólica a partir de un patrón de broches de presión dispuestos en espiral. La composición remite al chakra Swadhisthana, asociado a la sexualidad y situado en la zona baja del abdomen, y evoca la energía vital vinculada al deseo y la fecundidad. Mediante un lenguaje aparentemente abstracto, el uso exclusivo de la parte hembra del broche introduce una lectura sutil pero directa sobre la sexualidad y la receptividad del cuerpo femenino.
¡Unos cuantos piquetitos!, 2005. Patchwork y cortes de navaja. 70 × 50 cm aprox.
En esta obra se aborda la violencia doméstica a partir de la imagen frontal del cuerpo femenino, intervenida con cortes que atraviesan la superficie textil. Realizados sobre un trabajo cuidadosamente elaborado, estos gestos violentos irrumpen en la pieza, convirtiendo el daño en parte constitutiva de la imagen. El título, tomado de una obra de Frida Kahlo, introduce una dimensión perturbadora que subraya la normalización del abuso y construye una metáfora contundente sobre la violencia ejercida sobre el cuerpo.
Avío de pesca, 2004–2012. Ensamblaje de ajustadores usados por amigas y vecinas. 220 × 180 cm aprox.
Avío de pesca fue realizada a partir de un proceso previo de recolección que resulta fundamental para su sentido. La artista reunió sujetadores usados de amigas y vecinas, activando una red de intercambios donde la confianza, la intimidad y la cooperación se convirtieron en materia de trabajo. El ensamblaje configura una trama que evoca, con humor e ironía, una red de pescar, estableciéndose como un dispositivo colectivo donde la precariedad material se entrelaza con formas de solidaridad cotidiana.
Yurisleydis, 2005. Telas cosidas y relleno de guata. Tamaño natural.
Desde su título, esta figura remite al contexto cubano de los años noventa —el «Período Especial»— cuando proliferaron nombres inventados a la par de una marcada precariedad. La obra alude a las duras condiciones de vida que empujaron a muchas mujeres a enfrentar decisiones extremas para sobrevivir. Hecha con materiales disponibles y costuras toscas, la figura enfatiza la indefensión y el desamparo. Su desnudez expone un cuerpo vulnerable, atravesado por un contexto social extremo.
Alfiletero, 2002. Telas cosidas y relleno. 30 × 20 × 15 cm.
El alfiletero, un objeto propio de las labores de costura, es resignificado por Alpízar como una forma cargada de sentido. Concebido utilitariamente «para recibir pinchazos», el alfiletero se convierte aquí en una metáfora de las dinámicas de agresión normalizadas. Resuelto como un torso —tema clásico de la escultura— y atravesado por múltiples alfileres, el volumen articula una tensión entre funcionalidad e imagen corporal, sugiriendo una reflexión sobre las formas sutiles de violencia ejercidas incluso dentro de lo cotidiano.
Nike, 2024. Patchwork y bordado. 96.5 × 63.5 cm.
The Noise (El ruido), 2024. Patchwork y bordado. 96.5 × 63.5 cm.
Amazon (Amazona), 2024. Patchwork y bordado. 96.5 × 63.5 cm.
Estas obras recientes forman parte de la serie Paños grises, en la que Alpízar aborda las fracturas provocadas por la crisis cubana de los años noventa. Concebidas como una secuencia narrativa, las piezas articulan distintas escenas de desplazamiento y pérdida, donde el cuerpo femenino aparece sobre estructuras inestables dispuestas en un espacio indeterminado. En Niké, la figura, tensionada entre impulso y sujeción, encarna una experiencia de desarraigo y separación; en El ruido se insinúa el inicio del quiebre, cuando la estabilidad social comienza a resquebrajarse; en Amazona, el cuerpo femenino alude a estrategias de supervivencia atravesadas por la vulnerabilidad.
Katherine Chacón
Texto curatorial y textos de sala de la muestra «Mayra Alpízar. Textil, materia íntima», realizada del 11 de junio al 30 de julio de 2026 en la sala C del Miami International Fine Arts (MIFA), Miami.
















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