15 de febrero de 2026

Entrevista a Beatriz González

 

Beatriz González
Foto: www.peterkilchmann.com

Katherine Chacón: Beatriz, dado que la muestra que preparamos tiene carácter retrospectivo, me interesan tus comentarios generales acerca de las diferentes etapas de tu trabajo. En este sentido, me parece necesario hablar de tus comienzos. Quisiera ahondar en lo vivencial, en tus relaciones con los pintores de tu generación, la etapa de la universidad, tus estudios.

Beatriz González: Estudié arquitectura durante dos años en la Universidad Nacional de Bogotá, pero abandoné la carrera porque sentí que me había equivocado de profesión. Me interesaba de la arquitectura el aspecto artístico pero, aunque me gustaban las matemáticas, me resultó muy difícil enfrentarme a la técnica de la construcción. Estuve un tiempo corto en Bucaramanga diseñando vitrinas de almacenes y regresé a Bogotá a tomar un curso sobre el Renacimiento dictado por Marta Traba. Entonces me convencí de que debía estudiar en la capital, pues en Bucaramanga no tenía ningún futuro. La mejor Escuela de Bellas Artes de la época era la de la Universidad de los Andes, recién inaugurada. Tenía el incentivo de que estaban Marta Traba y Juan Antonio Roda de profesores. Aunque esta Escuela dependía de la Facultad de Arquitectura, a la carrera entraban principalmente mujeres. Éramos noventa mujeres en primer año. Yo venía de lo contrario: en la Universidad Nacional éramos dos mujeres entre numerosos hombres. Eso me impactó mucho. De entrada, la Escuela me pareció muy mala, sin ninguna diferencia con esas academias de provincia, como las de Bucaramanga en las que yo jamás hubiera querido estudiar.

K. Ch.: ¿A pesar de que había gente de la talla de Marta Traba y Roda?

B. G.: A nosotros no nos tocaba Roda, sólo Marta en historia del arte. Además, en las clases de dibujo y pintura se trabajaba con modelos de yeso; era de lo más tradicional. La directora de la Escuela era Hena Rodríguez, una escultora que tuvo prestigio en los años treinta, pero que ya no lo tenía. Los profesores de los primeros cursos eran malísimos. En el segundo año tomé la determinación de hacerme profesora. Como los cursos de humanidades eran excelentes, estudié metafísica durante tres años con Danilo Cruz Vélez, el mejor filósofo que había en los Andes. Leíamos cuarenta libros al año, desde La Ilíada, pasando por Platón, Aristóteles y Maquiavelo, hasta Fausto de Goethe. En ese periplo intensísimo, uno leía lo que nunca antes había leído. No me volvieron a importar las clases de artes plásticas, puesto que no representaban ninguna dificultad. Mi entrenamiento en arquitectura y mi disposición al dibujo me permitían trazar un desnudo rápidamente. Ya no pude, pero entonces podía hacerlo muy bien.

Durante el segundo año, un grupo de compañeras y yo decidimos arrendar un estudio. Nos dieron uno dentro de la universidad. Eso fue fundamental, porque lo que no se hacía en clase se hacía allí. Yo dibujaba perfiles, las caras de quienes me rodeaban; aunque creía que eran originales resultaban ser copias de Picasso. Porque mis grandes influencias fueron dos libros de arte: Picasso de Sabartés y un Degas muy bello; los tenía desde el colegio. En los últimos años de bachillerato me gustaba presumir de ser muy snob: tener un libro de Picasso, uno de Degas, leer a León de Greiff… Ya en la universidad no pude conservar esa actitud; el darme cuenta de mis carencias me acercó a la humildad. De todas maneras, abrir un estudio fue un hecho fundamental en nuestras carreras. Eso nos diferenció de las noventa mujeres. Éramos cuatro contra noventa. Cuatro que pensaban distinto: Camila Lobo Guerrero, que hoy en día es directora de cine; Gloria Martínez, una pintora de la que no se sabe mucho; y Ligia Jiménez, que desapareció. Al tener este estudio, la universidad empezó a tomarnos en cuenta; allí creábamos de manera distinta a la que se nos imponía en clase, discutíamos, investigábamos. Marta Traba y los demás profesores iban y hacían críticas a nuestros cuadros, incluso los alumnos millonarios nos compraban monotipos a diez pesos. Cuando Ramón de Zubiría fue elegido rector, la universidad nos dio un estudio mucho más grande. Prácticamente obligábamos a los maestros a irse desde la tarde a nueve de la noche, nos corregían los trabajos y hacíamos pequeñas exposiciones. En alguna ocasión se presentó Gómez Sicre. En cuarto año, Roda se ausentó durante un mes. Yo tenía fama de ser muy buena dibujante, pero no pintora. Antes de irse Roda nos dijo: cada una haga el cuadro que quiera.

K. Ch.: Porque para ese entonces ya Roda les daba clases…

B. G.: Sí, desde tercer año Roda era nuestro profesor. Y un profesor maravilloso porque nos estimuló mucho. Por ejemplo, estando presente una modelo, él la pintaba y decía: «Ahora hágalo usted». Obviamente el resultado de Roda era maravilloso y el propio un dibujo mediocre. Sin embargo, Roda decía: «¿Sabe? el suyo es mejor que el mío». Había estímulo de parte de Marta Traba y de Roda. Estábamos en 1962. Hablábamos mucho de cine. Era la época de Antonioni, de Fellini… Discutíamos siempre de arte, estábamos al día. Fue un grupo muy privilegiado.

Beatriz González
Estudio de clase con Juan Antonio Roda, 192
Óleo sobre lienzo
90 x 70 cm

Como te decía, en el 62 Roda se ausentó y nuestra tarea consistió en hacer un cuadro. Hice uno aburridísimo que titulé Los cretinos del Pampán. El Pampán era un bar al que íbamos con los profesores y en el que se reunían también unos niños bobos que cantaban en el coro y se la pasaban entonando versitos; como no podíamos discutir debido a su musiquita y sus aplausos, nos enfurecíamos. Decidí hacer mi trabajo sobre ese ambiente del Pampán. Pero el cuadro que resultó era feo. Estaba tristísimo por eso y tomé, dos días antes de que regresara Roda, un detalle de La rendición de Breda, obra que había visto en un afiche de una exposición de Velázquez. Empecé a escurrir trementina sobre ese detalle y, al final, el cuadro causó gran admiración. Ese año nos graduamos, hicimos una exposición final y las críticas fueron muy buenas. Creo que fui la única que vendió obras. Entonces adquirí fama de ser, además de buena dibujante, buena pintora.

K. Ch.: Ese tema de La rendición de Breda que trabajaste tanto entre 1962 y 1963 viene de allí; es decir, que tu elección fue un poco casual, aunque esa casualidad te llevara a estudiar posteriormente a Velázquez.

B.G.: Sí, yo no hice mi tesis sobre Velázquez sino sobre Vermeer de Delft, pero fue ahí donde descubrí que se podía escoger un detalle de un cuadro, que se podía recrear un cuadro. Además, encontrar gusto por el color —utilicé un verde intenso— fue un descubrimiento, fue como encontrar un caminito por donde seguir.

K.C.: Veo en estas obras y más profundamente la serie de las vermeerianas, el inicio de ciertos rasgos que más tarde formaron parte fundamental de tu lenguaje. Quisiera que me hablaras de cómo se perfiló, en tu conciencia de pintora, esta transición.

B.G.: Los cuadros de La rendición de Breda fueron varios y tuvieron una factura muy suelta. He pensado que quizás pude haber estado influida por El niño de Vallecas de Botero. Sobre nosotros pesaba mucho Botero, porque Marta Traba lo adoraba. Recuerda que fue ella quien vio su talento, quien lo lanzó, y por supuesto nos metía a Botero por los ojos. Sin embargo, no recuerdo haber dicho conscientemente: «si Botero hace aquello, yo hago esto». Con mi cuadro ocurrió algo especial, y es que después de él Luis Caballero hizo Las meninas y Roda Los Felipes. A mí no me interesaba Velázquez, sino los sombreros de los personajes del cuadro de Velázquez. Los sombreros son algo muy pictórico porque los puedes trabajar con una pincelada. El niño de Vallecas sí está un poco dentro del espíritu del homenaje; lo mío era un intento de buscar lo esencial en el ala del sombrero. Ese año salimos, como te contaba, nos graduamos gloriosamente, pero yo no me quise quedar en Bogotá. Me habían ofrecido dictar clases de humanidades o historia del arte en la universidad, pero resolví ir a mi casa en Bucaramanga y probar si en verdad sabía pintar, qué talento había aprendido. La sensación que uno tiene cuando sale de una escuela de arte es que no sabe nada; como teníamos a Roda que nos apoyaba, y Marta Traba que escribía artículos en los que nos mencionaba, me sentía sobreprotegida. En la crítica de esa exposición final, Marta Traba nos elogió a todos en general, pero dijo que yo permanecía en la neutralidad. Eso me molestó porque no supe exactamente qué había querido decir. Y quizás era eso, que yo no me había definido.

Me fui a Bucaramanga a probarme y pinté Fragmento de La rendición de Breda (1963). Ese cuadro representó para mí el saber que sola, sin profesor, sin gente que te elogie o regañe, podía pintar. Quedé muy contenta con él. Estando en Bucaramanga en 1963 recibí una carta anunciando que, de acuerdo con la política de promover un artista joven anualmente, había sido escogida para exponer en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Nosotros habíamos contribuido en diciembre de 1962 a su fundación, y yo era la primera artista joven que el Museo iba a lanzar. Me asusté mucho. Como mi tesis intelectual, escrita, había sido sobre Vermeer de Delft, había estado trabajando, en pintura, unos temas de Vermeer. Tomé La encajera. Ese cuadro siempre me gustó. La primera vez que estuve en Europa, antes de entrar a la universidad, fui al Louvre a buscar La encajera de Vermeer. Seguro se debió a que en mi casa había cromos enmarcados: mamá tenía cuadros que le gustaban y esa encajera estaba ahí, junto a unos niños de Van Dyck. Después de haber leído mucho para mi tesis, tomé ese cuadro y empecé las variaciones. El cuadro me inspiraba, las versiones que hice resultaron completamente distintas a las lanzas de Fragmento de La rendición de Breda, porque éstas eran puro movimiento y las variaciones eran más bien estáticas. Espiritualmente los cuadros de Velázquez y de Vermeer son muy diferentes, aunque sean del mismo siglo y hayan sido pintados casi simultáneamente.

Beatriz González
Fragmento de La Rendición de Breda, 1963
Óleo sobte lienzo
70 x 100 cm

Había leído a Kandinsky y estaba sola pintando. No sabía por dónde iba, no tenía a Marta Traba, ni a los arquitectos, ni a Roda, y me resultaba muy complicado pintar. Empecé a hacer dibujos. Creí que podía tener suficiente fuerza para mutar la encajera, y empecé a pensar que no se trataba de intervenir sólo a nivel artístico, sino que había que hacer una mutación total. Transformarla en mono, en árbol, en muchas cosas. Yo tenía un estudio precioso en mi casa, frente a un jardín lleno de limoneros. Era una pieza que me había adaptado mi papá y tenía una puerta que daba a un bellísimo jardín, un sitio verdaderamente idílico donde yo era feliz. Pero al recibir la carta del museo me puse muy nerviosa porque eso constituía un fogueo, un reto. Hice toda clase de variaciones de la encajera que resultaron, desde la primera a la última, muy desiguales.

En un momento se me ocurrió que el fondo, que siempre había hecho al estilo de las obras de Kandinsky, libre, como relámpagos, debía cambiar. En Bucaramanga repartían unos almanaques anuales de la empresa Colombiana de Tabaco, llamados Almanaques Pielroja. Tenían colores cromos muy vivos, de publicidad, muchos verdes y azules intensos; y traían retratadas unas señoras paisas (1) muy elegantes fumando al estilo gringo.

K.C.: Aparecían las fotos de estas señoras sobre el fondo plano…

B.G.: Sí, y eso influyó para que en lugar de seguir haciendo cosas tipo Kandinsky, delimitara las formas y me volviera figurativa. Porque esas encajeras que aparecían y desaparecían tendían a lo abstracto. La señora fotografiada sobre el fondo plano color cromo influyó visualmente sobre mí; además, un importador alemán amigo de mi papá me regaló tal cantidad de cajas de colores que incluso hoy conservo algunos. Al abrir los tubos reconocí que eran los mismos anaranjados, azules y verdes de los almanaques. Desde entonces tuve mucho color para experimentar, para desperdiciar —porque aunque eso no se diga, el precio de los colores frena mucho a los artistas— para lograr los verdes que quería y ponerlos completamente planos.

K.C.: Sin embargo, yo creo que el tema de La encajera, aunque en un momento llegó a ser sólo manchas, guarda siempre vínculo con lo figurativo. La encajera es una figura tan rotunda que es difícil desvincularla de la mancha-encajera de tus cuadros. Persiste como enunciado que remite siempre lo abstracto a su referente figurativo.

B.G.: Sí, pero existía la tendencia a volverme abstracta.

Yo he sido muy católica y los domingos no podía trabajar porque los católicos no debemos trabajar ese día. De manera que los domingos realizaba ejercicios abstractos en témpera sobre papel: hacer pintura abstracta no era trabajar, era un ejercicio libre.

Mi exposición en el Museo de Arte Moderno no tuvo ningún éxito ni trascendencia, aunque los dos críticos de entonces, Marta Traba y Walter Engel, lo mencionaron favorablemente. Era 1964. Botero acababa de realizar la mejor exposición de su vida, y tras la mía venía una exposición de Guillermo Wiedemann, un monstruo del arte abstracto colombiano. Estar entre esos dos grandes del arte sólo me mereció unas llamadas de atención de los críticos diciendo que tenía talento. Se exhibieron únicamente las Encajeras y, aunque en la sala se veían bien, no quedé satisfecha. Empecé a trabajar las Vermeerianas, aquellas mujeres que aparecen en los cuadros de Vermeer leyendo una carta o con un collar de perlas. Tomé un lienzo y encerré la vermeeriana en un cuadro casi geométrico, la zona de colores planos empezó a crecer, a inundar todo. Las Encajeras tienen mucho de Roda en la pincelada porque Roda me enseñó la fruición de la pincelada, el placer de la pintura-pintura. En la parte central de las Encajeras hay un núcleo que tiene mucha influencia de Roda. En las Vermeerianas solamente la cara sigue esa influencia, el resto es muy abstracto, con formas que parecen cortadas con tijeras, como un collage de pedazos de papel, y esos recortes son evidentes.

Beatriz González
Encajera Almanaque Pielroja, 1964. Óleo sobre lienzo. 100 x 85 cm
Encajera en la noche de la Rendición de Breda, 1964. Óleo sobre lienzo. 100 x 85 cm


Nunca me he explicado de dónde surgió en mí hacer esas figuras a las que se les sale un bordecito de color. Ese mismo año de 1964 presenté dos Vermeerianas al Salón Intercol, evento patrocinado por una compañía petrolera, donde junto a nosotros, los recién salidos a la palestra, exponían Botero y un grupo de artistas mayores. Yo no cabía de la dicha cuando Alejandro Obregón dijo en un reportaje que Beatriz González era la artista del futuro. Ese fue un tremendo espaldarazo; él era un artista consagrado y admirado, pero lo más importante era que no me conocía, yo podía dejar de pensar que se trataba de la debilidad del halago impuesto por una relación académica igual a la que sostenía con Marta Traba.

Beatriz González
Vermeeriana II, 1964
Óleo sobre lienzo
70 x 120 cm

K.C.: Después tuviste mucho éxito con Las suicidas del Sisga, cuadro cuya imagen tomaste de una fotografía de prensa. Pero antes habías hecho La niña turca, también de una fotografía. ¿Por qué este cambio de imágenes de la historia del arte, por imágenes fotográficas más bien cotidianas?

B.G.: Después de las Vermeerianas tuve un momento horrible en el que me pareció que me estaba volviendo abstracta, entonces resolví empezar a trabajar figuras de niñas. Al inicio eran unos dibujos que mezclaban una marcada influencia del Botero de 1964 con mi reciente gusto por el pastel (mi hermana me había traído de Europa una enorme caja de pasteles de casi tres pisos que disfruté muchísimo). El cuerpo y el tratamiento del pastel en las niñas eran muy boterianos, pero las caras las tomé de fotos de Lyndon B. Johnson y Richard Nixon publicadas en la revista Life. Entonces decidí tomar mis propias fotografías. En la primera comunión de mi sobrino retraté a una niña turca que vestía de terciopelo y estaba cargada de adornos y sentada en una silla metálica. Fue un momento sabroso, porque yo estaba tomando la foto, escogiendo el modelo, y recortando imágenes del periódico. Más tarde, al hacer variaciones a mis fotos, surgieron obras como La niña montaje. Fueron cuadros importantes y cada vez más recortados, pero terminé por aburrirme. Me gustaron La niña turca y La niña montaje, pero el resto me impregnó de una actitud puramente estetista que no me convencía. Llegué a pensar que estaba comportándome como una de esas tantas señoras que pintan. Mis colores eran bonitos, sabía que tenía buena paleta, habilidad, buenas pinceladas, pero el trabajo no tenía sentido y de nuevo me vi perdida.

Durante esa etapa las caras constituían el gran problema. Yo me daba cuenta de que las niñas resultaban boterianas y por eso evitaba el volumen, por eso buscaba los cuerpos planos, como papeles mal cortados. Intentaba reducir todo volumen a planos. Pero una cara no se puede reducir a un plano porque se convierte en un óvalo con rayitas y punticos, se transforma en dibujo. Un día cualquiera abrí el periódico y encontré la foto de los suicidas del Sisga. La historia narraba cómo un jardinero enloqueció y dijo a su novia, empleada de servicio, que el mundo estaba lleno de pecado y era mejor dejar de existir; decidieron entonces lanzarse a las aguas heladas de la laguna del Sisga, luego de hacerse retratar juntos con un ramo de flores entre las manos. Aunque era una historia muy bella y romántica, mi interés se centró en la imagen reproducida en la prensa: esas caras planas eran la fórmula que yo andaba buscando.

La fotografía que me impactó no fue la original publicada por El Espectador, sino la que tomó El Tiempo de El Espectador, que al ser una segunda reproducción se aplanó, se volvió gris, perdió contraste. Enseguida taché una niña que estaba haciendo, completamente gratuita, era la gratuidad en pasta, y pinté Los suicidas. Sin embargo, me intranquilizaba que éstos tuvieran debajo un cuadro y resolví volver a hacerlos: son los del Museo de Arte Moderno de La Tertulia, de Cali. Pero como no me gustaron del todo los repetí: son los que posee el Museo Nacional; de ese cuatro me gustan particularmente las manos y las flores. Esta obra dio mucho de qué hablar, incluso cosas desagradables. A Inocente Palacios le gustó mucho y fue realmente él quien la premió en el XVII Salón de Artistas Nacionales. Se me relacionó con el Pop y con Lichtenstein, pero eso no pasó nunca por mi mente. Nuestra educación en la universidad había concluido en el expresionismo abstracto, en Pollock, cuyas obras conocimos en Nueva York en una excursión guiada por Marta Traba en 1961. El Pop aún no se había difundido aquí y yo ni siquiera sabía quién era Lichtenstein, pero estaba completamente segura de haber encontrado el camino.

     Beatriz González
     Los suicidas del Sisga N° 3, 1965
     Óleo sobre lienzo
     100 x 85 cm
     Col. Museo Nacional de Colombia, Bogotá

K.Ch.: Después comenzaste a trabajar con estampitas litografiadas.

B.G.: Sí, y empecé a buscarle causas a mi trabajo. Recibí de mi mamá una educación crítica. Ella lo era, y siempre nos mostraba las cosas de mal gusto de una manera divertida y burlesca, aunque ella misma, de repente, resolvía barnizar los taburetes de vaqueta de anaranjados y verdes muy fuertes. Entonces empecé a hilar las fuentes de mi educación visual buscando descubrir el porqué de mi inclinación a trabajar con una paleta tan intensa. Empecé a sacar conclusiones y tomé los cromos, es decir las láminas que editaba una tipografía de Cali con reproducciones de cuadros europeos en colores cromos de los que yo tenía cantidades de tubos, y comencé a trabajar consciente y segura de que ese era mi camino.

K.Ch.: Ahora bien, tú tomas estas láminas porque formalmente tenían relación con lo que estabas buscando. Pero tanto en la foto de los suicidas —cuya historia puede parecer bella, dramática, pero también como una acción impregnada de un sentimentalismo más bien cursi— como en las láminas litografiadas, puede entreverse algo que apunta hacia lo kitsch o hacia el mal gusto. Estos temas tan particulares ¿no influían en tu elección?

B.G.: Creo que sí. Una vez encontrados los suicidas sabía que ese era el filón, un filón relacionado con el gusto. No era el buen o mal gusto, sino el porqué la gente escogía esos temas, por qué la gente decoraba sus casas con ese tipo de cuadros. Pienso que fue entonces cuando hice un empalme con lo sociológico, porque en el fondo, más que búsquedas plásticas, yo quería reflexionar sobre el tema del gusto, en parte debido a que siempre me fastidió el refinamiento. Por esa época Germán Rubiano escribió un artículo en el que afirmó que yo sacrificaba todo lo formal, lo pictórico, la buena escuela. Su interpretación era correcta: yo negaba cualidades pictóricas en busca de efectos visuales y de un discurso coherente.

K.Ch.: ¿Y por eso te alejaste de la técnica del óleo y comenzaste a experimentar con el esmalte?

B.G.: Cuando hice el cuadro Río Negro, Santander, sentí gran placer al poner una pincelada sucia. A mí, que buscaba siempre algo muy plano y perfecto, me causó placer y preocupación el haber puesto una pincelada sucia. Luego hice los pies de la mujer de Subdesarrollo 70, deliberadamente sucios, sin el color puro que antes buscaba, y llegué a pensar que afloraba algo insano en mí, porque me proporcionaba excesivo gusto el hacer cosas que no fueran refinadas. Al reflexionar me di cuenta de que luchaba por contradecir, por atacar a esa niña refinada de provincia que había llegado a la capital a poner a prueba su talento. A través de esos cuadros reconocí que el óleo no era la técnica apropiada, porque el óleo es un material que implica refinamiento, elegancia. Renuncié al óleo y pasé al esmalte. Cerca de mi casa había un estacionamiento llamado Libertador y tenía una imagen de Bolívar pintada en un óvalo. Fui donde un señor que hacía vallas y le pedí que me hiciera dos óvalos. Pinté a Bolívar y a Santander y los llevé al XIX Salón de Artistas Nacionales [Apuntes para la historia extensa de Colombia, 1967]. Obtuve un premio y el escándalo más grande del mundo. Allí entendí que el esmalte y los tonos brillantes pertenecen al gusto popular.

Beatriz González
Apuntes para la historia extensa de Colombia, Tomo I, 1967
Apuntes para la historia extensa de Colombia, Tomo II, 1967
Esmalte sobre lámina de metal
100 x 80 cm c/u


K.Ch.: ¿Surgió de allí el primer objeto?

B.G.: De ahí surgieron las camas, que tienen mucho que ver con la inclinación de mi mamá a ver las cosas de mal gusto. Yo veía camas metálicas en las tiendas y pensaba: «Tengo que comprar algún día una cama de esas». Cuando finalmente la compré, regresé a casa y observé que tenía el mismo tamaño de un cuadro que había pintado y titulado Naturaleza muerta (1970). Ensamblé el cuadro a la cama y ese fue el inicio de los objetos. Envié esa y otras obras, como Una canción de cuna (1970), a la Bienal de São Paulo en 1971 y alguien me comentó que había participado en la Bienal de São Paulo antes de tiempo. Pensé que sugería cierta inmadurez en mi obra, pero en realidad pretendía decirme que esa forma de arte aún no estaba de moda. Refiriéndose a ello, Marta Traba acuñó el término pintura marginal, en un artículo que escribió sobre mí. Cuando llegué a São Paulo, todos los periódicos señalaban mi trabajo como el de más opción para obtener un premio; allá estaban todos los muebles de metal y la reacción del público era impresionante, porque en el Brasil esos colores impactaban mucho. Aunque no recibí ningún premio, la prensa se ocupó de mi trabajo; fue un momento importante.

Beatriz González
Naturaleza casi muerta, 1970
Esmalte sobre lámina de metal ensamblada en cama metálica
125 x 125 x 95 cm

Beatriz González
Naturaleza casi muerta, 1970
Esmalte sobre lámina de metal ensamblada en cuna metálica
70 x 150 x 104 cm

K.Ch.: Cuando discutíamos con Fabiola López y yo acerca del montaje, nos preguntamos si tú concebías los objetos como esculturas. Sé que no, porque los planteamientos de éstos son netamente pictóricos, ellos son el producto de un refinamiento de la pintura que juega con las posibilidades connotativas de la imagen. Sobre esto se ha discutido mucho.

B.G.: Esa discusión me enfurecía porque para mí siempre fueron pinturas, nunca esculturas, dado que al ejecutarlas jamás planteé problemas de volumen y espacio. Para mí el cuadro era el cuadro, es decir, la zona plana donde estaban pintadas las formas; el mueble era el marco. Como los altares-marcos de la colonia, que eran gigantescos. Opino que el objeto es el marco.

K.Ch.: Sólo que en este caso el marco establece unas relaciones de sentido con la pintura, enriqueciendo los juegos connotativos. Yo entiendo los objetos como el resultado del proceso en el que entraste muy profundamente en los mecanismos visuales de la pintura y de su percepción.

B.G.: Siempre hubo esa discusión, pero sólo ahora acepto que sean esculturas. Incluso fui seleccionada para la exposición Escultores colombianos en Nueva York (2). En otra época no habría permitido eso, pero uno se reblandece.

K.Ch.: Después de esto, tu pintura pasa por una etapa en la que se hace un tanto política. Me refiero a la época de los dibujos de Turbay en la década de 1980. Esa corriente de crítica política resurge, en 1986 y 1987, en obras tan dramáticas como Sr. Presidente qué honor estar con Ud. en este momento histórico, Los papagayos y, más recientemente, en el inmenso cuadro sobre la Asamblea Constituyente.

B.G.: Los muebles me estaban empezando a aburrir. En el momento en que los hice ya trabajaba obras de arte de la pintura universal —La encajera [La encajera en sitú, 1973], el tambor [Vive la France, 1975], la Mona Lisa [Nací en Florencia y tenía veintiséis años cuando fui pintado mi retrato (Esta frase pronunciada en voz baja), 1974]—, y me empecé a fatigar de este tipo de obras. El material me dictaba el cuadro que iba a hacer; por ejemplo, veía una mesa acanalada y decía: «Es un Braque»; o veía un tablero con conchas metálicas y decía: «Un Botticelli». A veces era una lámina mal impresa la que me inspiraba. Pero me cansé de este divertimento. Al mismo tiempo inicié las serigrafías con temas un poco políticos, por ejemplo la del Capitolio donde están Bolívar y Santander bajando una escalera (Lesa majestad, 1974). Mi obra iba por dos caminos: el que se relacionaba con la pintura universal, es decir, los telones; y otro que tocaba muy someramente lo político.

Beatriz González
Nací en Florencia y tenía veintiséis años cuando fui pintado mi retrato (Esta frase pronunciada en voz baja, 1974
Esmalte sobre lámina de metal ensamblada en perchero de madera
200 x 94 x 24 cm


Beatriz González
Lesa majestad, 1974
Serigrafía sobre papel. Edición: 150
76 x 46 cm

Al asumir Turbay la presidencia en 1978, yo estaba haciendo esos telones que despedacé (3). Turbay es, para nosotros los colombianos, un personaje de una reconocida inmoralidad, un político de la peor clase. En ese momento no pensé en el aspecto moral, sino en lo bueno que sería ser un pintor de la Corte, como Goya o Velázquez. Turbay había contratado a un fotógrafo sensacional para que lo retratara siempre. Vi sus fotos y empecé a cortar todas las que publicaba la prensa. Tengo cinco álbumes de la presidencia de Turbay, instantáneas de todo lo que hacía. Turbay hacía cosas tan cómicas, que coincidían con todo aquello a lo que apuntaba el humor crítico de mi mamá, pero referido al comportamiento humano. Ya no era el mal gusto físico lo criticable, sino el comportamiento tan cursi de toda la familia presidencial. Todos los días cortaba una foto a partir de la cual hacía un dibujo. No sabía muy bien en qué utilizar ese material, porque lo que inicialmente me interesó fueron sus figuras y sus ademanes cursis. Hasta que un día salió una foto que incluía una cortina [Decoración de interiores, 1981], hice un dibujito chiquito y me dije: «Esto da para hacer una serigrafía»; al agrandarlo se me ocurrió hacer la cortina.

Beatriz González
Decoración de interiores, 1981
Serigrafía sobre tela
270 x 700 cm

K.Ch.: Esa idea te vino de repente…

B.G.: Sí, porque en la foto ellos aparecían cantando frente a una cortina modernista, llena de esos colores vivos que se usaron tanto; esa ornamentación me centró en la presencia de la cortina. Sin embargo, yo aún no me daba cuenta exacta de la postura política que implicaba un objeto de esta naturaleza. Para contestar tu pregunta anterior, yo asumí claramente una postura política sólo después, cuando el M-19 tomó el Palacio de Justicia y hubo aquel terrible holocausto. En el momento de Turbay aún conservaba ese interés por el gusto, por el divertimento. Además, ya me tenía sin cuidado sacrificar la Mona Lisa con mis colores, burlarme de una Venus de Botticelli, o transgredir las obras tabú de la cultura universal. Habían empezado a interesarme más nuestras propias imágenes. La obra sobre Turbay me permitió decidir entre los dos caminos que tenía. Pero me di cuenta exactamente de lo que significaban mis trabajos sólo cuando llegué a la fábrica de Víctor Alfandari, donde me imprimirían la cortina. Había ido a muchas fábricas y ninguna entendía mi idea. Cuando llegué a ésta, él me pidió que esperara un momentico y se fue; al volver me trajo una carta. Se trataba de una especie de memorial de la sociedad de Cúcuta repudiando a Turbay porque había bailado el polvorete, porque había tomado champaña en el zapato de su amante, porque se había zambullido con frac en la piscina. Su conducta era grotesca. El señor Alfandari me dijo que con mucho gusto me imprimía la cortina, y gratis. Entendí cuánto deseaba que yo llenara metros de tela con esa imagen y se me abrió una lucecita, aunque la verdad es que aún me atraía con fuerza el problema del gusto.

K.Ch.: Pero es que a mí me parece muy interesante eso que acabas de decir, cuando recuerdas que tu mamá se burlaba del mal gusto de la gente, pero anotas que también existe un mal gusto en la conducta. Como si en la conducta, en el don de ser, también fuera posible y necesario ser elegante.

B.G.: Sí, es eso. Si te pones a pensar, a Turbay lo hubiera podido pintar mejor Botero, porque era redondo, pero a mí no me interesaba hacer su retrato. Cuando Botero hizo la familia presidencial, hizo una familia grotesca que no tiene nada que ver con la realidad en la medida en que no representaba personajes reconocibles. Cuando yo hice la cortina fue un golpe político porque, como tenía 140 metros de tela impresa, fui al Museo de Arte Moderno de La Tertulia de Cali, al Museo de Arte Moderno de Medellín, a una Galería en Bucaramanga y a la Galería Garcés Velázquez en Bogotá. La cortina se expuso en cuatro centros del país. En ese período hice tres piezas fundamentales e inmensas: el dibujo a sanguina de la familia presidencial que está en Bucaramanga [Proyecto para el mural del Congreso, 1981], la cortina y el Guernica [Mural para fábrica socialista, 1981]. El Guernica constituyó la última obra basada en el arte universal. Con ella cancelé ese capítulo.

Beatriz González
Proyecto para  mural del congreso, 1981
Pastel sobre papel
210 x 375 cm


K.Ch.: Y si se quiere, también cancelaste el capítulo de Picasso, que comenzó con el libro y con los perfiles en el estudio de la universidad.

B.G.: Sí, claro.

K.Ch.: Nos estás contando y pareciera que la idea del cortinaje surgió como algo casual. Pero tú habías hecho antes los telones. ¿Cómo surgieron éstos?

B.G.: Los muebles se volvieron cada vez más aparatosos. El problema era que en el mercado existían mesas de noche, cunas o camas, pero no había mesas de sala, no el tipo de mesas que yo buscaba. Entonces mi marido y yo diseñamos las mesas para La última mesa, 1970 y Naturaleza-mesa-viva, 1971. Tuve que ir a las fábricas y conocí a quienes pintan los muebles simulando con metal las vetas de la madera. Fue maravilloso descubrir a esos pintores. El último mueble que hice fue El baño turco o Artífices del mármol, basado en El baño turco de Ingres. Esta obra fue una creación total: me pregunté cómo hacer un mueble que resumiera el mal gusto, y concluí que con fórmica de esa que simula mármol y con un Ingres falso en lugar de uno verdadero en el espejo. Iba a la peluquería y veía las manijas y luego las buscaba en la carpintería. Fue un trabajo muy rico. Pero esos muebles eran cada vez más pesados, más difíciles de transportar. Un día iba por la Avenida Jiménez y vi en una vitrina un libro sobre Manet editado por Salvat, cuya portada era El almuerzo sobre la hierba. Estaba muy desteñido y me recordó las carpas de circo. Sentí un gran alivio: ese desteñido me indicaba un camino distinto al de los muebles. Así llegué a los telones. Gracias a ellos pasé del esmalte al acrílico y aprendí a manejar este último. Entonces hice las toallas, el billar [Billares Bochica, 1980].

Beatriz González
Billares Bochica, 1980
Acrílico sobre tela de mesa de billar
120 x 230 cm

K.Ch.: ¿Y el Guernica?

B.G.: El Guernica era una obra que había planeado desde el 77 cuando fui a Cuba. Primero vi el material, un baldosín muy lindo. Entonces busqué táblex, un aglomerado, para hacer los baldosiines. Pensaba que el Guernica era monocromo porque siempre se le reproducía en blanco y negro, no en esos sutiles grises y azules de Picasso. Lo imaginaba amarillo. En Cuba le puse el nombre: Mural para fábrica socialista. Yo empiezo a hablar con las obras con mucha antelación, voy pensando y completando la idea hasta que llego a ella. Para 1981 el proyecto estaba virtualmente listo. Ese año Picasso habría cumplido 100 años de nacido; me propuse iniciar mi cuadro el mismo día que Picasso inició el suyo: el 4 de marzo.

Beatriz González
Mural para fábrica socialista, 1981
Esmalte sintético sobre táblex
224 x 1220 cm

K.Ch.: Y empezaste el diario.

B.G.: Empecé la obra y el diario simultáneamente. Pensé narrar en él todas las incidencias de Beatriz González haciendo el Guernica. Trabajé mucho, pero me enfermé y el trabajo se interrumpió; entonces las fechas de Picasso y las mías dejaron de coincidir. No obstante, decidí continuar. Gocé escribiendo el diario, pero como siempre tengo la sensación de que nada me satisface, resultó muy arduo. No me satisface el Guernica porque estaba harta de las obras maestras, no me satisfacía la cortina porque se había convertido en una obra pseudo-política; en fin, lo concluí sólo para probarme que todavía podía dibujar con habilidad. Ese mismo año mi padre enfermó gravemente y yo me vi obligada a viajar a Bucaramanga con frecuencia para atenderlo. Murió en enero. Fue un año congestionado, el período de mi vida en que más intensamente he trabajado.

K.Ch.: Pero a mediados de los 80, ¿sí tomas una posición política a conciencia?

B.G.: En 1981 tuvieron lugar los sucesos del Palacio de Justicia. A raíz de eso mi postura política fue una decisión. Después de lo del palacio, no podía ser la misma, no podía continuar haciendo juegos pictóricos. Fue un año muy importante porque, además, se llevaron a mi hijo al ejército. Como detesto a los militares porque conozco su total irracionalidad, empecé a pensar en el gobierno, en el poder del presidente Belisario Betancourt. Entonces hubo una definición política de mi parte. Decidí ser una artista política porque pensé que los artistas no podíamos permanecer callados frente a una situación semejante. Esta toma de posición fue deliberada. No quise ser una artista política al estilo de los que elogian al régimen para educar al pueblo, quise hacer arte de denuncia, mostrar la dureza del poder. Las obras de esta época son bastante disímiles, porque las guiaba la intención de poner al descubierto la irracionalidad. Fue una etapa muy bonita antecedida por Túmulo funerario para soldados bachilleres. Yo quería imprimir unos papelitos con el túmulo, alquilar un helicóptero y esparcirlos sobre la escuela militar. Naturalmente, era una locura, pero la inspiraba la idea muy clara de alertar sobre la irracionalidad del ejército. Pienso que los colombianos no podemos ser los mismos después de la toma del Palacio de Justicia. Todos fuimos testigos de los hechos pero como en una película, porque resultaba totalmente irreal ver entrar un tanque de guerra por la puerta principal del palacio. Nadie podía creerlo. Es el acontecimiento más grave y violento que ha sucedido en el país, después del narcotráfico.

Hice los túmulos funerarios porque conservaba unos materos de barro que había utilizado para ornamentar una exposición de los dibujos de Turbay y resolví pintarlos de plateado y colocarlos verticalmente, como túmulos. Esa ha sido una de las pocas veces en que me he sentido completamente feliz: el día que se me ocurrió pintarlos para la exposición Espíritus afines, sentí por primera vez que estaba creando algo. Quizás porque el matero es de tierra, porque es un elemento muy de aquí y yo lo estaba transformando... Sentí mucha seguridad y eso me sirvió para pintar Los papagayos, y los perfiles de esos mismos materos de barro. Pinté al óleo de nuevo. Entonces supe que el camino estaba en todo aquello que había convertido en modelo con mis propias obras. El 86 fue un año en el que me sentí muy segura: recuperé el color, la técnica, empecé a dibujar de nuevo.

Beatriz González
Túmulo funerario para soldados bachilleres, 1985
Vinilo sobre materos de barro e imagen de cemento
180 x 50 x 50 cm

Beatriz González
Los papagayos (fragmento), 1986
Pastel y óleo sobre papel
35 x 150 cm


K.Ch.: En una época recortaste fotos de crímenes y con ellas hiciste muchos dibujos y heliografías.

B.G.: Mi hermano, que es abogado, me permitía leer los expedientes de los casos judiciales. Desde entonces me empezaron a intrigar los crímenes. Además, había una página roja en el periódico Vanguardia Liberal que publicaba fotografías de crímenes horribles. Las primeras fotos que coleccioné fueron ésas. Me llamaba la atención la presencia de la muerte, la postura de las cabezas o el desorden de una alcoba donde había tenido lugar un homicidio. En una serie de grabados trabajé mucho el tema de cómo cae la cabeza de una persona muerta. Algo de morbo de provincia había en esas obras.

Beatriz González
Zócalo de la Tragedia, 1983
Impreso sobre papel
100 x 70 c/u


K.Ch.: Veo que a partir de 1988 comenzó una nueva etapa en tu obra, cuyos rasgos se definen cada vez más. Los colores se oscurecen, la composición se complica, y comienza a surgir el tema de la muerte pero desde una perspectiva diferente. Tú has tratado el tema de la muerte de página roja, pero en estas obras recientes siento que el tema se ha decantado, se ha profundizado. Y noto que reaparecen temas de muerte que trataste hace años.

B.G.: Me gusta esa pregunta. En una época yo tomaba una foto del periódico y la trabajaba como un todo. La transformación consistía en deformar las caras, en convertir la foto en un Beatriz González a través de los colores y los planos, pero la foto permanecía igual. Lo que introduje a partir de lo del Palacio de Justicia fue el ensamblaje de varias fotos, de dibujos míos, de materos de barro, o de modelos. Ya no tomo la foto de un crimen y la trabajo; ahora veo en la foto un espíritu. Por ejemplo, el origen de Apocalipsis camuflado (1989) es un allanamiento: una casa se cayó porque llegaron unos paramilitares, hicieron todo tipo de destrozos y mataron mucha gente, sin embargo, ese hecho es muy difícil y, a nivel plástico, muy aburrido de contar. Es imposible elegir una única foto y decir: ésta contiene toda la historia. Entonces tomo unos datos, los más trágicos del suceso: la caída de la casa, por ejemplo, y el sol arriba iluminando la escena. De fotos distintas agrego otras figuras, como el soldado. En la parte inferior sitúo al anciano Catalino, el mismo que pinté primero en 1966 y de nuevo en 1985 sobre una tela con venados estampados. Pero ahora no sólo pinto a Catalino, sino también los venados de aquella tela. Reúno al anciano Catalino y al ahorcado, un personaje de Bucaramanga que también utilicé como tema años atrás. Coloco los venados en los espacios vacíos y éstos cambian el color del cuadro, completan el sentido de la muerte porque quizás la figura del venado es símbolo de muerte y uno no sabe. Lo que busco es algo que llamo el click. El ahogado es un cuadro que surgió de una foto de una convención política donde aparecía un alcalde besando a una modelo. El cuadro no me convenció, lo taché y lo coloqué sobre el caballete de manera horizontal, gesto propio de los pintores cuando buscamos desprendernos de una imagen. Entonces me di cuenta de que debido a la tachadura al alcalde parecía ahogado. Y ya no era el alcalde sino una figura cualquiera, muerta de esta manera. Empecé a completar el click: puse una gallina comiendo maíz en un circulito y otra igual, al otro lado, en forma de pirámide. Las cosas no son buscadas. Puse las gallinas porque siempre las veo cuando vamos al campo, siempre estoy mirando esas gallinas negras que me atormentan en el camino. Y todo eso forma un drama tenaz.

Beatriz González
Apocalipsis camuflado, 1989
Óleo sobre papel
150 x 150

Beatriz González
El ahogado, 1991
Óleo sobre papel
112 x 131 cm

K.Ch.: Me doy cuenta de que en esta etapa sigue funcionando el color como un elemento esencial en tu obra, pero ahora es un color apagado. Y la composición se hace muy confusa, porque muchos elementos coexisten en un mismo plano.

B.G.: Al entrar en la muerte el color cambia. El color sigue funcionando, pero hay un refinamiento. Es muy difícil de explicar. Proviene quizás del tema del agua. Hice El ahogado y me pregunté cómo contrastar el color del agua con el color vino tinto y el de la sangre. El vino tinto es un color que he trabajado siempre; ya no me interesa el anaranjado, ni los colores cromos, al contrario, la paleta se volvió hacia el lado de las sombras. Es curioso. Tengo algunas influencias que me parece importante anotar. Cuando fui al Cuzco, vi las Coronaciones de la Virgen de la Escuela del Alto Perú y de Bolivia. Esas figuras abigarradas de ángeles me fascinaron y puse a Belisario rodeado de ministros y militares que parecen arcángeles. Tuve la idea de rellenar los cuadros como en el muralismo. Ahora, en cambio, los depuro; poco a poco, ya no están tan llenos.

K.Ch.: Cuando vi la exposición Ante América (4) me sorprendió la imagen de la obra 1/500, porque resultó muy diferente de lo que uno podía esperar. Y esa imagen se queda grabada como un icono de la identidad, porque parece un indio. Ahora bien, yo sé que siempre has abordado irónicamente el tema de la identidad.

B.G.: Los remeros de 1/500 se desprenden de El altar. De cualquier manera, pienso que es muy difícil entender al hombre colombiano de hoy en día después de la aparición del narcotráfico. Es muy difícil entender el estado de violencia en que vivimos. Había trabajado crímenes toda la vida, pero ahora empiezan a aparecer los crímenes más espectaculares del mundo. Entonces decidí pintarlos a la manera de El Cuzco: en El altar, puse a René Higuita arrodillado a lado y lado y como un ángel y agregué los conejitos de Playboy a un costado. Luego de tener esos ingredientes resolví hacer un cuadro igual de ancho para anexarlo a la parte superior, con unos remeros que evocaran la paz del Amazonas, eso me condujo a colocar otros remeros en la parte inferior pero en sentido contrario, en actitud de regreso. Así llegó al remero de Ante América. Como estaba por finalizar el año y venía el 92, el Quinto Centenario, me propuse trabajar una serigrafía, en un papel hecho a mano. El modelo con el que contaba era el remero. No me interesaba en sí, pero pensé que podía asociarlo a unos viejos recortes de periódico que me habían servido para hacer, tiempo atrás, dibujos al pastel de una mujer víctima de una inundación. En esa foto aparecían un perro, unos hombres jugando ajedrez en el segundo piso de una casa inundada hasta el primero, y un tipo a la derecha, remando. La foto era particularmente surrealista, debido a la actitud idílica en que aparecía la gente. El remero de la foto era negro. Pinté el remero y después pensé en hacer uno por cada año de manera que lo hice imprimir 500 veces. A mí me ha fastidiado siempre el problema de la identidad y me burlo de él. Siempre me preguntan por la identidad y rechazo el tema. Pero creo que en esa obra hay algo deliberado porque el remero se transformó en un indígena. A partir de un negrito que remaba en medio de una inundación inventé un indígena que te mira quinientas veces.

Beatriz González
El altar, 1990
Óleo sobre tela
185 x 150 cm

Beatriz González
1/500, 1992
Serigrafía sobre papel de algodón. Edición: 500
20 x 25 cm c/u


K.Ch.: ¿Cómo perfilas tu obra venidera, dado que te hallas entrando en una nueva etapa?

B.G.: Creo que ya no estoy en el terreno del humor. Eso es un capítulo cerrado. El tema del indio y de la identidad también quedó allí. Llegué a esa imagen por coincidencia y la utilicé a raíz del Quinto Centenario del Descubrimiento. Pero no tengo deseos de quedarme en un tema que presenta nexos con Gauguin. Aunque, por otro lado, no niego que me complace la relación con Benjamín de la Calle, el fotógrafo antioqueño que retrataba niñitos, unos niños que siempre te miran mientras reman en un falso bote. Eso me gusta porque allí reconozco mi relación con la fotografía, con el telón, con la puesta en escena, una elaboración casi teatral con el entorno.

Sin embargo, lo que me interesa desde algún tiempo es el drama. Degas tiene un cuadro que me atrajo siempre, cuando tenía sólo ese libro y el de Picasso: el lienzo de una mujer mirando una chimenea con una profunda intensidad. La mujer vive un drama terrible. Yo quiero reflejar ese drama a través de los elementos, quizás eso explique lo del color. No puedo trabajar con colores alegres, porque pretendo plasmar el instante del drama. No sé qué tipo de drama sea, la muerte o cualquier otro, pero quisiera expresar esa intensidad. Esta realidad tan fuerte que estamos viviendo quisiera volverla metáfora. Deseo trabajar un lenguaje metafórico, pero no de manera intelectual sino muy sentida. Alcanzar una metáfora visual que sea sensual, pero que tenga la intensidad del drama.

NOTAS:

(1)  Gente oriunda de los departamentos colombianos de Antioquia, Caldas, Risaralda o Quindío.

(2) Se refiere a la muestra The Feeling of Space. Colombian Sculpture I, realizada en el Colombian Center, Nueva Yr¿ork, 1993.

(3) Se refiere a 10 metros de Renoir, telón que la artista cortó y vendió por centímetros.

(4) Se refiere a la exposición Ante América, organizada por la Biblioteca Luis Ángel Arango y el Banco de la República, en Bogotá, 1992; en el marco de las visiones críticas que se dieron a la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América.

Nota: Esta entrevista a la artista colombiana Beatriz González fue realizada por Katherine Chacón en Bogotá el 13 de enero de 1994 como parte del proceso de investigación para la exposición Beatriz González. Retrospectiva, curada por Chacón y organizada por el Museo de Bellas Artes de Caracas en 1994.

La entrevista apareció publicada en el catálogo de la referida exposición:

Chacón, Katherine. «Entrevista a Beatriz González realizada por Katherine Chacón». En Beatriz González. Retrospectiva, pp. 9–20. Exh. cat., Caracas: Museo de Bellas Artes de Caracas, 1994. 

 

 

 

 

 

11 de febrero de 2026

«Un corazón sin coraza». El arte textil de Natalie Rocha Capiello

Natalie Rocha Capiello

Hay obras que no se construyen desde la distancia reflexiva del análisis, sino desde ese ‘arcano’ de la creación que proviene de la experiencia íntima del artista. El trabajo de Natalie Rocha Capiello (Caracas, 1966) nace de lo vivido y lo sobrevivido, de lo superado y lo anhelado. En el cruce entre la herida personal, el impulso creativo y la necesidad vital de sentido, su recorrido artístico —trazado entre Venezuela y España— revela una práctica donde el arte no es solo forma y lenguaje, sino también una terapéutica para el alma que, en su caso, se entreteje con hilos y retazos, se fundamenta en la intuición y se convierte en una vía de autoconocimiento y sanación.

Desde su infancia marcada por el duelo —la muerte de su madre, los conflictos intrafamiliares, la disolución del hogar—, Rocha Capiello encontró en la creación una forma de sostén emocional y de elaboración simbólica. Las telas desechadas por su abuela costurera fungieron como materia prima para trazar su primer proyecto estético y autoterapéutico: una muñeca de trapo que iba elaborando día a día, siguiendo un plan trazado, como modo de gestionar la aflicción causada por la intempestiva pérdida materna y hallar un asidero que le permitiera superarla. La costura y la ejecución pausada de esa muñeca fueron, sin duda, su primer refugio. Años más tarde, ese gesto de dar forma al duelo devendría en una obra coherente, intuitiva, visceral y lúcida, profundamente anclada en la experiencia corporal y psíquica femenina, y en la voluntad de sanar las heridas fundacionales.

Así, siendo muy joven, la artista comprendió que el acto de crear podía convertirse en un puente entre el abismo y la vida. Lo que comenzó como una estrategia intuitiva para atravesar el duelo, se transformó con el tiempo en un lenguaje complejo y expandido, donde confluyen lo íntimo y lo colectivo, lo ancestral y lo presente. Su formación artística —realizada en la Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón (IUESAPAR) de Caracas— estuvo marcada por la carencia, pero también por la subversión de la precariedad a través de la invención. Su obra nació de una auténtica necesidad de expresión: si no había pintura, había costura; si no había lienzo, había trozos de tela y plástico recogidos en la calle. Esa economía de medios fue, a la vez, una poética.

Para Rocha Capiello, la costura no es, entonces, una técnica: es un acto de reparación. Cada puntada anuda no solo materiales, sino fragmentos biográficos, vínculos perdidos, memorias. A lo largo de su trayectoria, la artista ha explorado múltiples lenguajes —la pintura, el dibujo, la fotografía, el bordado, el tejido, la instalación, la performance—, pero acudiendo siempre a la matriz unificadora del textil. Coser, para ella, es recomponer, entrelazar lo disperso, narrar con hilos lo que la palabra no alcanza a decir.

Asimismo, el color rojo —y sus tonos análogos: carmesí, granate, coral o púrpura— ha estado presente de manera constante y dominante en su trabajo. Éste es mucho más que una elección cromática: es un símbolo entrañable, un código afectivo, un hilo que enlaza la memoria, a veces doliente, con una conciencia del cuerpo femenino y sus procesos orgánicos. Cada matiz porta una vibración distinta, pero todos remiten a la urgencia de sanar, a la necesidad de amar, al impulso por persistir. El rojo adquiere, además, una dimensión ritual que otorga significado no solo a lo que recubre, sino a lo que palpita adentro.

Tras emigrar a España en 2003, su práctica se expandió hacia lo pedagógico —gracias a sus estudios de posgrado en educación emocional y pedagogía del arte— al trabajar con infantes y mujeres en situación de vulnerabilidad. Lejos de asumir una postura asistencialista, su concepción del arte como vehículo de autoconocimiento y resiliencia la llevó a elaborar métodos propios. Esta vertiente ha nutrido su producción, no como un apéndice didáctico, sino desde la convicción ética de que el arte puede restaurar, reconfigurar vínculos y abrir caminos de sentido.

La serie Entretelas (2016–2019) marca un hito en la trayectoria de la artista. El título alude a aquello que se oculta bajo la superficie, a las costuras invisibles que dan forma y sostén a lo manifiesto. Mater (2016) es una de las piezas más significativas en el corpus de la artista por su escala, materialidad y fuerza simbólica. El nombre remite a la «madre» y, también, a la «matriz», ese territorio del origen íntimo y arquetipal. Realizada con trozos de telas recicladas cosidas a mano, la pieza despliega una superficie ondulante, una ola textil de rojos, naranjas y violetas que evoca lo materno como una energía —y un cuerpo— dispuesto a contener y abrigar.

Natalie Rocha Capiello. Mater, 2016
Telas recicladas cosidas a mano. 100 x 300 cm. (Detalle)

Natalie Rocha Capiello. Mater, 2016
Telas recicladas cosidas a mano. 100 x 300 cm. (Detalle)

Natalie Rocha Capiello. Mater, 2016
Telas recicladas cosidas a mano. 100 x 300 cm. (Detalle)

Natalie Rocha Capiello. Mater, 2016
Telas recicladas cosidas a mano. 100 x 300 cm

En De tripas corazón. Corazones sin coraza, pieza presentada en la Bienal de Venecia de 2019, la artista articula una poderosa alegoría del desarraigo migratorio. La instalación se compone de cientos de corazones confeccionados a mano —atados, no cosidos— con telas desechadas, hilos, lanas y estambres, muchos de ellos recolectados a lo largo de los años. Colgados sobre una estructura metálica que remite a la tristemente célebre valla de Melilla —la frontera que separa Marruecos de la ciudad española de Melilla, en el norte de África—, los corazones se presentan como restos: rasgaduras sangrantes, heridas abiertas, fragmentos de identidad que quedan en el camino. Rocha Capiello construye esta obra desde su propia experiencia migrante, pero también a partir de una investigación sobre las múltiples formas y condiciones del desplazamiento forzado. El título, tomado de una expresión popular, sintetiza la paradoja que enfrentan quienes deben recomenzar con lo mínimo, con lo que llevan dentro, con el dolor y el miedo transformados en impulso de sobrevivencia.

Natalie Rocha Capiello. De tripas corazón, 2019.
Instalación realizada con retazos de tela, ropa, lana. 
Medidas variables. (Detalle)
58° Bienal de Venecia

Natalie Rocha Capiello. De tripas corazón, 2019.
Instalación realizada con retazos de tela, ropa, lana. 
Medidas variables. (Detalle)
58° Bienal de Venecia

Valla de Melilla (Foto: TSS Platform)
Natalie Rocha Capiello. De tripas corazón, 2019. 
(Detalle)
                                      

Esta poética del desgarro —de lo que ha sido roto y vuelto a unir— aparece también en obras como Anidarme o Mar en calma, ambas de 2023. Esta última posee el tono del duelo silente. La instalación, suspendida como una gran cortina o marea detenida, presenta una ‘escena’ en apariencia serena —corazones flotando sobre una superficie tranquila— que contrasta brutalmente con el trasfondo que la origina: la muerte de miles de migrantes en el mar Mediterráneo. Inspirada en una fotografía de la costa andaluza donde turistas toman el sol indiferentes a la tragedia que ocurre a escasos metros, Rocha Capiello construye una pieza que discurre entre el homenaje y la denuncia. Los corazones de tela flotan como cuerpos perdidos a la deriva. Algunos se desgarran, otros sangran hilos; caen fragmentos —quizás hijos— y forman un mar rojo que cubre el suelo. Mar en calma no alude a la paz, sino al velo que cubre el horror cuando se vuelve cotidiano. Así, la artista crea un contrapunto visual al bullicio de los medios. No representa la muerte: la honra. No denuncia con estridencia, sino que coloca su voz en el centro de lo humano.


Natalie Rocha Capiello. Anidarme, 2023.
Instalación hecha de lanas, nylon y telas recicladas
200 cm Ø


Natalie Rocha Capiello. Mar en calma. De la serie De tripas corazón. Corazones sin coraza, 2023
Telas y lanas recicladas. Dimensiones variables


Natalie Rocha Capiello. Mar en calma. De la serie De tripas corazón. Corazones sin coraza, 2023
Telas y lanas recicladas. Dimensiones variables. (Detalle)

Junto a su obra textil, el dibujo ocupa un lugar fundamental en su práctica. Rocha Capiello cultiva el dibujo automático como forma de conexión con el inconsciente, permitiendo que la dimensión espiritual se haga presente. En la serie Ofrenda (2023), compuesta por dibujos en tinta china, la línea sigue una pulsión mandálica, una necesidad de centro, de orden secreto. Lo mismo ocurre en los bordados de la serie Duermevelados (2023), realizados en servilletas de tela. En estas piezas, cada puntada ha sido ejecutada en un estado de contemplación. La artista describe este proceso como una danza entre el yo consciente y una fuerza superior que la asiste: «es como si trabajara a cuatro manos», afirma, «una parte mía está presente, pero otra se deja guiar por lo que se manifiesta». Las composiciones evocan formas orgánicas —células, flores, heridas, semillas— en una reiteración que alude a lo cíclico y vital.

Natalie Rocha Capiello. Dibujos de la Serie Ofrenda, 2023.
(La serie consta de 60 piezas)
Tinta china sobre papel. 12 x 12 cm


Natalie Rocha Capiello. Duermevelados, 2023
Bordados a mano realizados en servilletas de tela
40 x 40 cm.

La obra de Natalie Rocha Capiello está íntimamente entrelazada con su vivencia de lo femenino como hija, madre, esposa, guía y creadora. Hecha de tiempo, de cuidado, del gesto amoroso que remienda lo roto, no hay en ella una voluntad de ilustrar el dolor, sino de transmutarlo con valor e integridad. El arte, aquí, no es catarsis, sino alquimia. Desde esa conciencia, se manifiesta como un gesto de amor radical hacia sí misma, hacia los otros y hacia la vida.

© Katherine Chacón Top of FormLLLl

Otras obras de la artista:

Natalie Rocha Capiello. Serie Bordando el tiempo, 2016
Tapices cosidos y bordados a mano con tela reciclada. 30 x 30 cm.

Natalie Rocha Capiello. Serie Hilos, 2023
Acrílico sobre tela. 20 x 20 cm

Natalie Rocha Capiello. Serie Punto-Línea-Trama, 2023
Dibujos automáticos hechos en acrílico sobre papel Kraft. 40 x 40 cm

Natalie Rocha Capiello. Des-arraigo, 2023
Instalación de lanas y telas recicladas. 200 x 300 cm