11 de febrero de 2026

«Un corazón sin coraza». El arte textil de Natalie Rocha Capiello

Natalie Rocha Capiello

Hay obras que no se construyen desde la distancia reflexiva del análisis, sino desde ese ‘arcano’ de la creación que proviene de la experiencia íntima del artista. El trabajo de Natalie Rocha Capiello (Caracas, 1966) nace de lo vivido y lo sobrevivido, de lo superado y lo anhelado. En el cruce entre la herida personal, el impulso creativo y la necesidad vital de sentido, su recorrido artístico —trazado entre Venezuela y España— revela una práctica donde el arte no es solo forma y lenguaje, sino también una terapéutica para el alma que, en su caso, se entreteje con hilos y retazos, se fundamenta en la intuición y se convierte en una vía de autoconocimiento y sanación.

Desde su infancia marcada por el duelo —la muerte de su madre, los conflictos intrafamiliares, la disolución del hogar—, Rocha Capiello encontró en la creación una forma de sostén emocional y de elaboración simbólica. Las telas desechadas por su abuela costurera fungieron como materia prima para trazar su primer proyecto estético y autoterapéutico: una muñeca de trapo que iba elaborando día a día, siguiendo un plan trazado, como modo de gestionar la aflicción causada por la intempestiva pérdida materna y hallar un asidero que le permitiera superarla. La costura y la ejecución pausada de esa muñeca fueron, sin duda, su primer refugio. Años más tarde, ese gesto de dar forma al duelo devendría en una obra coherente, intuitiva, visceral y lúcida, profundamente anclada en la experiencia corporal y psíquica femenina, y en la voluntad de sanar las heridas fundacionales.

Así, siendo muy joven, la artista comprendió que el acto de crear podía convertirse en un puente entre el abismo y la vida. Lo que comenzó como una estrategia intuitiva para atravesar el duelo, se transformó con el tiempo en un lenguaje complejo y expandido, donde confluyen lo íntimo y lo colectivo, lo ancestral y lo presente. Su formación artística —realizada en la Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Plásticas Armando Reverón (IUESAPAR) de Caracas— estuvo marcada por la carencia, pero también por la subversión de la precariedad a través de la invención. Su obra nació de una auténtica necesidad de expresión: si no había pintura, había costura; si no había lienzo, había trozos de tela y plástico recogidos en la calle. Esa economía de medios fue, a la vez, una poética.

Para Rocha Capiello, la costura no es, entonces, una técnica: es un acto de reparación. Cada puntada anuda no solo materiales, sino fragmentos biográficos, vínculos perdidos, memorias. A lo largo de su trayectoria, la artista ha explorado múltiples lenguajes —la pintura, el dibujo, la fotografía, el bordado, el tejido, la instalación, la performance—, pero acudiendo siempre a la matriz unificadora del textil. Coser, para ella, es recomponer, entrelazar lo disperso, narrar con hilos lo que la palabra no alcanza a decir.

Asimismo, el color rojo —y sus tonos análogos: carmesí, granate, coral o púrpura— ha estado presente de manera constante y dominante en su trabajo. Éste es mucho más que una elección cromática: es un símbolo entrañable, un código afectivo, un hilo que enlaza la memoria, a veces doliente, con una conciencia del cuerpo femenino y sus procesos orgánicos. Cada matiz porta una vibración distinta, pero todos remiten a la urgencia de sanar, a la necesidad de amar, al impulso por persistir. El rojo adquiere, además, una dimensión ritual que otorga significado no solo a lo que recubre, sino a lo que palpita adentro.

Tras emigrar a España en 2003, su práctica se expandió hacia lo pedagógico —gracias a sus estudios de posgrado en educación emocional y pedagogía del arte— al trabajar con infantes y mujeres en situación de vulnerabilidad. Lejos de asumir una postura asistencialista, su concepción del arte como vehículo de autoconocimiento y resiliencia la llevó a elaborar métodos propios. Esta vertiente ha nutrido su producción, no como un apéndice didáctico, sino desde la convicción ética de que el arte puede restaurar, reconfigurar vínculos y abrir caminos de sentido.

La serie Entretelas (2016–2019) marca un hito en la trayectoria de la artista. El título alude a aquello que se oculta bajo la superficie, a las costuras invisibles que dan forma y sostén a lo manifiesto. Mater (2016) es una de las piezas más significativas en el corpus de la artista por su escala, materialidad y fuerza simbólica. El nombre remite a la «madre» y, también, a la «matriz», ese territorio del origen íntimo y arquetipal. Realizada con trozos de telas recicladas cosidas a mano, la pieza despliega una superficie ondulante, una ola textil de rojos, naranjas y violetas que evoca lo materno como una energía —y un cuerpo— dispuesto a contener y abrigar.

Natalie Rocha Capiello. Mater, 2016
Telas recicladas cosidas a mano. 100 x 300 cm. (Detalle)

Natalie Rocha Capiello. Mater, 2016
Telas recicladas cosidas a mano. 100 x 300 cm. (Detalle)

Natalie Rocha Capiello. Mater, 2016
Telas recicladas cosidas a mano. 100 x 300 cm. (Detalle)

Natalie Rocha Capiello. Mater, 2016
Telas recicladas cosidas a mano. 100 x 300 cm

En De tripas corazón. Corazones sin coraza, pieza presentada en la Bienal de Venecia de 2019, la artista articula una poderosa alegoría del desarraigo migratorio. La instalación se compone de cientos de corazones confeccionados a mano —atados, no cosidos— con telas desechadas, hilos, lanas y estambres, muchos de ellos recolectados a lo largo de los años. Colgados sobre una estructura metálica que remite a la tristemente célebre valla de Melilla —la frontera que separa Marruecos de la ciudad española de Melilla, en el norte de África—, los corazones se presentan como restos: rasgaduras sangrantes, heridas abiertas, fragmentos de identidad que quedan en el camino. Rocha Capiello construye esta obra desde su propia experiencia migrante, pero también a partir de una investigación sobre las múltiples formas y condiciones del desplazamiento forzado. El título, tomado de una expresión popular, sintetiza la paradoja que enfrentan quienes deben recomenzar con lo mínimo, con lo que llevan dentro, con el dolor y el miedo transformados en impulso de sobrevivencia.

Natalie Rocha Capiello. De tripas corazón, 2019.
Instalación realizada con retazos de tela, ropa, lana. 
Medidas variables. (Detalle)
58° Bienal de Venecia

Natalie Rocha Capiello. De tripas corazón, 2019.
Instalación realizada con retazos de tela, ropa, lana. 
Medidas variables. (Detalle)
58° Bienal de Venecia

Valla de Melilla (Foto: TSS Platform)
Natalie Rocha Capiello. De tripas corazón, 2019. 
(Detalle)
                                      

Esta poética del desgarro —de lo que ha sido roto y vuelto a unir— aparece también en obras como Anidarme o Mar en calma, ambas de 2023. Esta última posee el tono del duelo silente. La instalación, suspendida como una gran cortina o marea detenida, presenta una ‘escena’ en apariencia serena —corazones flotando sobre una superficie tranquila— que contrasta brutalmente con el trasfondo que la origina: la muerte de miles de migrantes en el mar Mediterráneo. Inspirada en una fotografía de la costa andaluza donde turistas toman el sol indiferentes a la tragedia que ocurre a escasos metros, Rocha Capiello construye una pieza que discurre entre el homenaje y la denuncia. Los corazones de tela flotan como cuerpos perdidos a la deriva. Algunos se desgarran, otros sangran hilos; caen fragmentos —quizás hijos— y forman un mar rojo que cubre el suelo. Mar en calma no alude a la paz, sino al velo que cubre el horror cuando se vuelve cotidiano. Así, la artista crea un contrapunto visual al bullicio de los medios. No representa la muerte: la honra. No denuncia con estridencia, sino que coloca su voz en el centro de lo humano.


Natalie Rocha Capiello. Anidarme, 2023.
Instalación hecha de lanas, nylon y telas recicladas
200 cm Ø


Natalie Rocha Capiello. Mar en calma. De la serie De tripas corazón. Corazones sin coraza, 2023
Telas y lanas recicladas. Dimensiones variables


Natalie Rocha Capiello. Mar en calma. De la serie De tripas corazón. Corazones sin coraza, 2023
Telas y lanas recicladas. Dimensiones variables. (Detalle)

Junto a su obra textil, el dibujo ocupa un lugar fundamental en su práctica. Rocha Capiello cultiva el dibujo automático como forma de conexión con el inconsciente, permitiendo que la dimensión espiritual se haga presente. En la serie Ofrenda (2023), compuesta por dibujos en tinta china, la línea sigue una pulsión mandálica, una necesidad de centro, de orden secreto. Lo mismo ocurre en los bordados de la serie Duermevelados (2023), realizados en servilletas de tela. En estas piezas, cada puntada ha sido ejecutada en un estado de contemplación. La artista describe este proceso como una danza entre el yo consciente y una fuerza superior que la asiste: «es como si trabajara a cuatro manos», afirma, «una parte mía está presente, pero otra se deja guiar por lo que se manifiesta». Las composiciones evocan formas orgánicas —células, flores, heridas, semillas— en una reiteración que alude a lo cíclico y vital.

Natalie Rocha Capiello. Dibujos de la Serie Ofrenda, 2023.
(La serie consta de 60 piezas)
Tinta china sobre papel. 12 x 12 cm


Natalie Rocha Capiello. Duermevelados, 2023
Bordados a mano realizados en servilletas de tela
40 x 40 cm.

La obra de Natalie Rocha Capiello está íntimamente entrelazada con su vivencia de lo femenino como hija, madre, esposa, guía y creadora. Hecha de tiempo, de cuidado, del gesto amoroso que remienda lo roto, no hay en ella una voluntad de ilustrar el dolor, sino de transmutarlo con valor e integridad. El arte, aquí, no es catarsis, sino alquimia. Desde esa conciencia, se manifiesta como un gesto de amor radical hacia sí misma, hacia los otros y hacia la vida.

© Katherine Chacón Top of FormLLLl

Otras obras de la artista:

Natalie Rocha Capiello. Serie Bordando el tiempo, 2016
Tapices cosidos y bordados a mano con tela reciclada. 30 x 30 cm.

Natalie Rocha Capiello. Serie Hilos, 2023
Acrílico sobre tela. 20 x 20 cm

Natalie Rocha Capiello. Serie Punto-Línea-Trama, 2023
Dibujos automáticos hechos en acrílico sobre papel Kraft. 40 x 40 cm

Natalie Rocha Capiello. Des-arraigo, 2023
Instalación de lanas y telas recicladas. 200 x 300 cm

15 de junio de 2025

Territorios del tránsito


En un mundo marcado por los desplazamientos, las fracturas de los vínculos territoriales y la reformulación constante de la pertenencia, el paisaje ha dejado de ser un fondo contemplativo o una referencia geográfica neutral, para convertirse en un campo de tensiones simbólicas donde se inscriben los rastros del tránsito, la memoria —o el olvido— y la transformación. En este contexto, Territorios del tránsito reúne a trece artistas cuyas obras proponen nuevas formas de mirar y habitar el paisaje, entendiéndolo no solo como representación del entorno, sino como experiencia encarnada y huella sensible de un tiempo incierto.

Susan Applewhite (Caracas, 1976) utiliza elementos cartográficos para hablar de realidades geográficas cruzadas por tensiones y límites impuestos desde el poder. En Venezuela precintadaLibertad condicional y Piel mundi, el mapa es encerrado, precintado, o cosido, para revelar cómo la herida social está ineludiblemente atada al territorio y, como este, sujeta a las derivas del control. A través del ensamblaje de materiales y objetos de uso común —jaulas, globos, mapas—, la artista transforma la cartografía en un terreno cuyo fin, más que representar lugares geográficos, es advertir sobre la complejidad de las fuerzas, fracturas y silencios que los habitan.  

Susan Applewhite. Venezuela precintada, 2025, madera y precintos de seguridad, 40 x 56 x 14 cm.

Susan Applewhite. Libertad condicional, 2022, jaula y globo terráqueo inflable, 54 x 40 Ø cm. 


Susan Applewhite. Piel mundi, 2025, lienzo, mapa e hilo, 40 Ø cm. 

En la obra de Rafael Arteaga (Caracas, 1986) el paisaje está atravesado por la memoria. Partiendo de collages, sus escenas pictóricas superponen fragmentos fotográficos tomados de álbumes familiares y vistas bucólicas del paisaje venezolano. Esa «irrupción de un paisaje en otro», como él mismo lo describe, activa un diálogo entre lo íntimo y lo colectivo, entre la representación de lo vernáculo y la imaginería del recuerdo. Las evidentes marcas del proceso —el tirro, los cortes— destacan las tensiones surgidas entre lo que se preserva y lo que se pierde. La obra da así cabida a una memoria que se reescribe, atenta a sus propias dislocaciones, olvidos y reconfiguraciones.


Rafael Arteaga. Manifestaciones de la imagen sobre el paisaje, 2024,
óleo sobre tela, 20 x 20 cm c/u (díptico).

Rafael Arteaga. Los infames fugitivos, 2025, óleo sobre tela, 50 x 70 cm.

En País polípticoFrancisco Bassim (Caracas, 1964) articula una aguda crítica social. Mediante el uso de una figuración precisa y colores planos y saturados que remiten a la bandera nacional, construye escenas donde personas, monumentos y aves carroñeras se convierten en símbolos autóctonos de la decadencia. Identificamos al país a través de estas figuras que retratan una sociedad descompuesta, encarnada por la presencia constante del zamuro. El paisaje urbano de Bassim muestra como lo familiar, lo patriótico y lo religioso conviven con un profundo deterioro ambiental, moral y político. Así, la obra se convierte en un retrato implacable de una nación desfigurada por sus propias ruinas.

Francisco Bassim. País políptico, 2025, acrílico sobre tela, 40 x 30 cm c/u (políptico). 

Francisco Bassim. País políptico, 2025, acrílico sobre tela, 40 x 30 cm (pieza 2 de 4).

Aunque Gloria Blancato (Caracas, 1968) es reconocida como pintora, el collage ocupa un lugar importante dentro de su práctica creativa. Para ella, recortar y encolar fragmentos impresos es una forma de interrogar la imagen y alterar sus códigos representativos. La referencia a la mujer —recurrente en toda su narrativa— aparece en estas composiciones a través de sugerentes trozos de figuras femeninas que se combinan con objetos, textos, plantas y elementos inesperados. El paisaje irrumpe como un escenario ambiguo que desestabiliza la relación entre figura y fondo. No actúa como contexto, sino que intercepta y transforma la escena, abriendo el espacio a nuevas resonancias sensoriales y poéticas.


Gloria Blancato. Reunión familiar en verano/Saltar el bosque/Paisaje con mesa de noche, 2025,
collages de papel sobre papel, 33 x 24 cm/ 33 x 24 cm/ 28 x 21 cm.

Gloria Blancato. Saltar el bosque, 2025,
collage de papel sobre papel, 33 x 24 cm.

Carmela Fenice (Caracas, 1962) concibe el paisaje urbano como un cuerpo en constante mutación. En Ciudad orgánica I-v5, la artista crea un ecosistema visual a partir del collage digital, la fotografía y la pintura, donde los edificios se ondulan como tallos y las ventanas se convierten en poros de una materia viva. La ciudad, entendida aquí como organismo, late al ritmo de quienes la habitan y la transitan. La imagen vertical —que remite a un bosque o a una arquitectura futurista—  desdibuja los límites entre naturaleza y artificio, y propone una mirada sobre el territorio urbano como un multiverso de coexistencias.

Carmela Fenice. Ciudad orgánica I-v5 de la serie Cohesiones, 2025,
fotografía, collage digital, impresión fine arte sobre lienzo
intervenida con pintura acrílica, 120 x 50 cm.

Juan González Bolívar (Cúpira, 1978) traslada al volumen su exploración del paisaje mediante ensamblajes que evocan las viviendas precarias de las zonas populares de Caracas. Construidas con materiales recuperados —cartón, zinc, telas, madera—, estas piezas no solo reproducen fragmentos del paisaje urbano, sino que también funcionan como “casas-contenedores”: albergan objetos en su interior que, aunque no siempre visibles, emulan la latencia del recuerdo. Aluden a la visualidad fragmentaria de esas arquitecturas improvisadas, superpuestas e inestables, así como a la búsqueda de una ‘posibilidad de belleza’ contenida en sus materiales y formas.

Juan González Bolívar. Naturaleza inventada, 2022-2025, ensamblaje de medios mixtos,
20 x 8 x 13 cm.

Juan González Bolívar. Naturaleza inventada, 2022-2025, ensamblaje de medios mixtos,
24 x 12 x 14 cm.

Juan González Bolívar. Naturaleza inventada, 2022-2025, ensamblaje de medios mixtos,
14 x 12 x 19 cm.


La histórica litografía Pueblo mexicano (1930) de José Clemente Orozco es el punto de partida tomado por Adrián Guerrero (Guadalajara, 1975) para realizar una serie de obras en las que convergen lo pictórico, lo arquitectónico y lo filosófico. Influenciado por la mirada del arquitecto Luis Barragán y por la densidad poética de Juan Rulfo, en ¿Dónde está el pueblo?, Guerrero deconstruye la escena original para desplazar su foco: elimina las figuras y se concentra en los volúmenes, las sombras y los planos, transformando la carga denunciativa de la imagen original en una meditación sobre la ausencia, la memoria y el lugar, y convirtiendo el vacío en espacio de resonancia.

Adrián Guerrero. ¿Dónde está el pueblo? (deconstrucción IV, III, I), 2024,
acrílico sobre tela, 50 x 70 cm c/u. 

Raúl Herrera (Barinas, 1980) se interesa por el paisaje urbano y por los puntos de confluencia entre la arquitectura, la historia, la memoria y la vida de sus habitantes. Trabajando en medios mixtos, combina collage, pintura, dibujo y cartografías para explorar la ciudad desde su fragmentación y simultaneidad, proponiendo una mirada supraurbanística en la que se superponen capas de información y visualidad. En sus obras, la geometría actúa como una transcripción abstracta de estas disposiciones arquitectónicas, revelando los sentidos formales del entorno urbano. En ellas, la ciudad se reconfigura formalmente, revelando sus núcleos, ejes, desplazamientos y desigualdades.

Raúl Herrera. 
 Serie Paisaje geométrico GPS, 2025, mixta sobre lienzo,  72 x 72 cm. 
Serie Paisaje geométrico GPS, 2025, mixta sobre lienzo,  72 x 72 cm.

Noel Lezama (Los Teques, 1978) observa la ciudad desde la paradoja precariedad-poesía. En sus obras, lo urbano es un escenario donde las vicisitudes cotidianas conviven con el humor y lo surreal. En Sibile el zamuro amigable recorre Caracas, un ave gigante se convierte en medio de transporte alternativo y sobrevuela Plaza Venezuela con tres pasajeros a bordo. Lezama construye una iconografía vivaz y genuina de la Caracas contemporánea, donde lo cotidiano se reencanta sin negar su crudeza. Sus pequeños autobuses son monumentos a la vida popular, a las luchas compartidas y a la posibilidad de introducir la ensoñación en las más humildes realidades.

Noel Lezama. Sibile, el zamuro amigable recorre Caracas, 2012, óleo sobre tela, 42,5 x  63 cm.

Noel Lezama. Dos hermanas en Camatagua City, 2011,
guache sobre cartulina, 49 x 40 cm.

Noel Lezama. Cyberpunk ruletero, 2024, plástico, metal y gomaespuma, 134 x 19 x 53 cm.

Noel Lezama. Cantaclaro, 2025, madera, plástico, metal, 18 x 13 x 61 cm.

Óscar Machado (Caracas, 1953) ha desarrollado una amplia y densa obra escultórica, que lo sitúa como referente ineludible de las resoluciones contemporáneas de esta disciplina en Venezuela. En su serie Pequeñas devastaciones, trabaja con cemento, cartón y pintura acrílica para construir pequeñas piezas que, a modo de maquetas, aluden a paisajes impactados por la catástrofe. Diminutos poblados se emplazan en la materia envolvente del cemento que encarna una naturaleza implacable. Los contrastes de gris, azul y rojo acentúan las tensiones y activan memorias de desastres geográficos y hecatombes interiores. Machado propone el paisaje como un espacio de transformación constante, donde destrucción y reconstrucción coexisten en un frágil equilibrio.

Óscar Machado. Pequeñas devastaciones, 2015, cemento, cartón, pintura acrílica, 25 x 25 cm.


Óscar Machado. Pequeñas devastaciones, 2015, cemento, cartón, pintura acrílica, 25 x 25 cm. 

Desde una óptica irreverente y fantástica, Majenye (Maracaibo, 1987) crea piezas valiéndose de una figuración legible pero deliberadamente desbordada, que se nutre de elementos populares y de la tradición del cómic, combinando el humor, la sátira y el absurdo. En Carora jurásica, la tradicional ciudad larense es representada por un paisaje arquetípico dominado por la fachada de su iglesia colonial, invadida por dinosaurios y personajes contemporáneos que luchan entre sí, generando una escena caótica y delirante. El artista confronta lo vernáculo histórico y geográfico con una narrativa fantástica, desmantelando la lógica de tiempo y lugar para dar lugar a un paisaje híbrido e imposible, potenciado por una intensa paleta.

Majenye. Carora jurásica, 2024, acrílico sobre tela, 50 x 70 cm.

Francisco Schütte (Caracas, 1983) transita entre la arquitectura y las artes visuales, explorando el paisaje desde una mirada íntima y emocional. Su trabajo se caracteriza por una estética cercana al povera y una paleta contenida, donde materiales y colores se yerguen en una tensa sobriedad para expresar experiencias de desarraigo, memoria y reconstrucción. Las dos obras que presenta en esta exposición remiten a su estadía en Madrid y a las difíciles vivencias que atravesó durante ese período. En ellas, el paisaje emerge en rasgos apenas reconocibles, como una superficie intensamente afectada. Lo mínimo —una textura, una línea, una silueta— basta para activar resonancias interiores y narrativas sensibles.

Francisco Schütte
Sin título, 2024, mixta sobre tela, 100 x 70 cm
Sin título, 2024, mixta sobre tela, 95 x 70 cm.

Eliseo Solís Mora (Upata, 1978) es uno de los artistas de performance más destacados del país. Su práctica, sostenida desde hace más de una década, se articula en torno al cuerpo desnudo como vehículo de reflexión poética, espiritual y política. En la serie Organismo sin órganos (Cuerpo fluido), iniciada en 2021, el artista interviene zonas geológicas de origen ancestral —como el Macizo Guayanés o Los Morros de Guárico— estableciendo un diálogo entre cuerpo, territorio y memoria. Desde su vulnerabilidad, pero desafiando normativas de género y proponiendo una mirada no binaria y fluida de la identidad, el cuerpo se funde con la materia del mundo, retornando al origen para devenir presencia sensible en comunión con lo terrestre.

Eliseo Solís Mora. El Pao. De la Serie Organismos sin órganos (Cuerpo fluido), 2023, fotoperformance.

Eliseo Solís Mora. Upata. De la Serie Organismos sin órganos (Cuerpo fluido), 2021-2025, fotoperformance.

Eliseo Solís Mora. Morros. De la Serie Organismos sin órganos (Cuerpo fluido), 2022, videoperformance 16:9.

En su diversidad de medios, enfoques y poéticas, las obras reunidas en Territorios del tránsito trazan un mapa de resonancias cruzadas donde el paisaje es un agente activo. A través de lenguajes que entrelazan lo íntimo y lo colectivo, lo material y lo simbólico, cada artista nos invita a repensar el territorio como una experiencia compleja y mutable: un lugar donde se inscriben los desplazamientos del cuerpo, los cambios históricos y los riesgos de la imaginación.


Katherine Chacón



25 de abril de 2025

Margarita Boulton. Mourning Flowers (English Version)*

Time passes through the dream
Sunk up to its neck.
Yesterday and tomorrow eat
Dark flowers of sorrow. 

Federico García Lorca


Untitled, 2024. Digital photograph

Flowers have long symbolized beauty and transience. Their fleeting splendor has inspired countless artistic and literary expressions, linking them to youth, love, and renewal. In full bloom, they exude an irresistible allure—vivid colors, seductive shapes, and delicate fragrances ensuring life’s continuity.

Untitled, 2024. Digital photograph

Challenging the traditional image of the flower as a celebratory emblem of beauty and the life’s magnificence, Margarita Boulton presents in Mourning Flowers a perspective that lingers on their decline—the moment when freshness fades into fragility and splendor gives way to decay. In these wilted petals, unopened buds, and leaves consumed by time, there is no ornamentation, no idealization—only a meditation on withering as a metaphor for mourning. Aging, frustration, estrangement, and silence take shape in these trembling flowers, captured through intentional blurs, motion sweeps, and distortions that evoke an inner world of sorrow.

Untitled, 2025. Digital photograph

Untitled, 2024. Digital photograph

Boulton does not merely document the physical transformation of flowers; she translates into images the unrepresentable loss of femininity as culturally constructed. Frustrated motherhood, identity eroded by time, the exhaustion of desire—all find expression in these flowers, which no longer embody the ideal of vitality yet refuse to disappear.

From a psychoanalytic lens, Julia Kristeva describes mourning as a process that disrupts language and identity, confronting us with the ineffable—what cannot be fully symbolized. In Mourning Flowers, Boulton not only records decay but elevates it into an act of aesthetic affirmation. For Kristeva, art is a space of sublimation—it turns the unspeakable into image, pain into language. In the materiality of the withered or the aborted, we find a poetics of mourning that seeks not restoration, but inscription. Fragility becomes presence; loss, though irreparable, finds a way to be seen, to be spoken.

Untitled, 2025. Digital photograph

Untitled, 2024. Digital photograph

Margarita Boulton (Caracas, Venezuela, 1986) trained as an Associate in Graphic Design at the Instituto de Diseño de Caracas between 2005 and 2009, and in 2012, she earned a Bachelor of Fine Arts in Graphic Design from the Miami International University of Art and Design. Her photographic practice began at Roberto Mata Taller de Fotografía in Caracas, where she studied between 2016 and 2019. In 2022, she presented her photographic work in the solo exhibition “Ella, la flor”, held at La Casa 22 in El Hatillo, Caracas. She currently lives and works in Miami.